Como dijo una de las jóvenes durante el fin de semana: «Esto es un campamento de verdad, auténtico». Y quizá no haya mejor forma de resumir lo vivido.
Nuestro campamento no lo hace ni el sitio (aunque estemos en un entorno de ensueño), ni la organización (la muestra real de lo que es el trabajo en equipo) ni las actividades (que vienen cargadas de buen gusto e ilusión).
Lo hacen las personas y esos momentos inesperados que terminan convirtiéndose en recuerdos para guardar.
Fueron días en los que uno se embarca en una marcha con un niño o un joven (con el que antes apenas habías cruzado unas palabras) y lo conviertes en nuestro particular peripatetismo: caminar juntos mientras las conversaciones surgen sin esfuerzo, al ritmo de los pasos y de los paisajes.
Fueron también esas noches de fuego de campamento, sin fuego, que todo sea dicho, tienen algo de milagro porque, aunque faltaran las llamas, sobraron las risas, las canciones, las historias, ese calor de hogar y esa capacidad de volver a ser niño durante un rato.
Allí se vio cómo cada uno se esforzaba por sacar una sonrisa a los demás, por emocionar, por sorprender. Y lo hacía sin complejos, sin timidez, con una generosidad tan natural que casi parecía salida de un cuento de hadas.
Durante estos días hubo juegos, anécdotas y miradas especiales.
Incluso las tareas más sencillas adquirieron un significado especial. Porque hacer turnos para fregar, recoger o preparar lo necesario no fue una obligación, sino la mejor de las excusas para hacer algo por los demás, momentos de trabajo compartido, donde el equipo nacía de manera natural, entre bromas, conversaciones y ese descubrimiento de que servir juntos une mucho más de lo que imaginamos (incluso aunque con el paso de las horas aparezcan las ojeras).
Pero, sobre todo, hubo personas entregándose a los demás con una sencillez que recuerda lo importante: que la felicidad suele aparecer cuando dejamos de pensar en nosotros mismos y empezamos a compartir tiempo, atención y cariño.
Quintanabaldo nos regaló unos días grandes ❤️🏕️✨
Y es que en estos cuatro días todo encontraba su lugar, pasábamos de maravillarnos por la inmensidad del universo en la noche a unas horas después, sentarse en un foro para hablar sobre algo aparentemente más sencillo, pero quizás mucho más difícil: ser auténticos (o al menos intentarlo) y preguntarnos quiénes somos cuando dejamos de aparentar, cuando nos atrevemos a mostrarnos tal y como somos.
En Quintanabaldo hubo estrellas, marchas y canciones, fregaderos y fuegos de campamento sin fuego; pero, sobre todo, hubo personas intentando ser más auténticas, más generosas y más ellas mismas.
Y, como ocurren las mejores cosas en QN, casi por arte de magia apareció un buzón de cartas. De repente, entre actividades, marchas y comidas, todos encontrábamos un momento para escribir unas líneas. Unos con letra apresurada, otros decorando cada papel con esmero, pero todos poniendo algo de sí mismos en cada mensaje.
Y así, sin apenas darnos cuenta, el buzón se convirtió en uno de los lugares más visitados del campamento. Porque recibir una carta siempre hace ilusión, pero escribirla también. Era una forma sencilla de decir «gracias», de reconocer una sonrisa, una ayuda, una conversación o una amistad.
GRACIAS
Senior Quintanabaldo’26







